Cuando, hace casi 2.500 años, Aristóteles se preguntaba, ¿qué es lo real?, llegó a una conclusión que impactaría e impacta en el desarrollo del pensamiento hasta nuestros días. Aristóteles se dijo: lo real es el Ser. Colocaba entonces a lo real a mitad de camino, por así decir, entre la mera Idea(el Eidos platónico), y la mera substancia(la materia). Se volvía así digno de las antiguas tradiciones orientales, que nos enseñan “el mundo exterior es Maya“; el mundo de los sentidos, que tiene su base en lo material, es ilusorio. Y superaba la teoría platónica, que quiere decirnos “Lo real es la Idea”, cuando ahora sabemos(probablemente gracias a Aristóteles) que la Idea, la mera Idea, se nos esfuma en la Nada, y que lo real es el Ser.
Y cabría preguntarse entonces, ¿qué es el Ser? pues el Ser es, justamente, la Idea manifiesta. La Idea que no se esfuma en la Nada. Y ¿qué es la esencia? La esencia es la cualidad del Ser, es aquello por lo cual el Ser es.
Y entonces ¿qué es el espíritu? El Espíritu, podríamos decir, es una blanca paloma. El espíritu es el ámbito del Ser. El reino del Espíritu, producto del gran Misterio, es aquello a la vez simple e infinitamente maravilloso, gracias a lo cual la Idea se transforma en Ser.